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Tato, el villano

 


Miguel Paulino Tato quiso ser superhéroe, pero vivió lo suficiente para volverse un villano. Orgulloso de ser crítico y censor, al momento de su muerte en 1986, nadie lo lamentó: ni sus hijos, ni sus colegas cineastas y periodísticos. Solo quedaron en la memoria colectiva sus tijeras, que fueron guardadas en el cajón de la historia y que nunca más vieron la luz dentro del cine argentino.

A lo largo de su carrera firmó como “Néstor”, nombre que representaba una alegría para sus seguidores y una advertencia para todo aquel que pensara distinto a él. La única verdad que reivindicaba como periodista era la suya y por eso solía escribir en primera persona del singular. Trabajó en medios gráficos como El Mundo, Cabildo, El Pampero, Sábado, Mundo Radial y Esquiú, entre otros. En la mayoría de ellos, gracias a su temperamento y verborragia, debió abandonar.

Intentó por medio de la revista Cámara! (1937-1938) romper con los condicionantes de las grandes productoras, pero nunca tuvo éxito. Su único triunfo fue ser jefe de prensa de la distribuidora Paramount y contribuir a la llegada de las prácticas de la industria norteamericana al cine nacional.

El crítico intentó por medio de sus escritos alentar la producción local. Pero frente al repudio que manifestaron tanto directores como productores, Tato decidió posicionarse en el lado oscuro de la discusión y se peleó con todos. Las cintas, para el censor, eran herramientas que podían educar y ayudar a consolidar una nacionalidad basada en la tradición y los valores cristianos.

Como buen discípulo de Leopoldo Lugones, condenó a aquellos creativos que no reivindicaban los orígenes criollos y rurales del país e incluso arengó, desde su rol como periodista y defensor de la libertad de expresión, a quemar sus cintas: “Todos los argentinos debiéramos pedir la incineración de La vuelta de Rocha. Sería justo. Y sería un escarmiento”. En 1952, asumió la conducción del rodaje de Facundo, el tigre de los llanos, una película en que la trabajó solo tres días y que, además, fue censurada.

Personajes icónicos como Superman o Batman decidieron adoptar disfraces y máscaras para evitar riesgos a la hora de actuar. Sin embargo, Tato, en la película de su vida, consideraba que no debía ocultar su forma de ser: “Yo dije ser un nazi convicto y confeso. Yo digo que solamente me falta la cruz de hierro… ¿no? Porque yo había mandado muertas más películas que los que mandaban los alemanes en la guerra”. El censor, desde su cargo como Interventor en el Ente de Calificación (1974-1978), había mutilado 1200 films y prohibido 337, un 30% de las cintas que llegaban frente a él.

Con la sonrisa característica del Guasón y con los ojos grandes por tanta meticulosidad, el crítico manifestaba en los medios, su deseo de superar las cifras que ya tenía en su haber. La tarea no la realizaba solo: la “liga de los defensores de la moral” (o Consejo Asesor) estaba integrado por miembros de las fuerzas armadas y de la iglesia. En sus roles de jueces y verdugos, definieron durante muchos años las carteleras de todos los cines del país.

Tato se sentía un doctor prestigioso, un cirujano que debía preservar la salud de la cultura argentina: “(…) a través de 50 años en la universidad del cine, uno se doctora”. No contaba con poderes fantásticos, pero tenía tijeras y un espacio de proyección donde examinaba la condición de las películas. Sus diagnósticos abordaban principalmente el argumento de la obra, las interpretaciones y la fotografía. Si encontraba algún “patógeno” que atentara contra la integridad del analista (escenas de sexo explícito, manifestaciones ideológicas y la ausencia de calidad) inmediatamente actuaba e "higienizaba”. La pureza que veía en su tarea tenía forma de mujer, sin embargo, como toda persona misógina, creía que las cintas eran de su propiedad y pensaba que podía hacer con ellas lo que quisiera.

Con el retorno de la democracia, los planes y deseos del villano quedaron frustrados. A diferencia del pronóstico que hizo Sui Generis en “Las increíbles aventuras del señor Tijeras” (1974), aquellas cintas cercenadas fueron recuperadas y proyectadas de forma completa durante las décadas de 1980 y 1990. La película El censor (1995), de Eduardo Calcagno, revivió por un momento la figura de Tato para volver a hundirla en los infiernos de la historia contemporánea. Y no es para menos: el hombre que pudo haber ayudado a generar una época de oro en el cine argentino murió feliz y sin remordimientos, por haber asesinado el arte.


Perfil hecho por Ezequiel Martel



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